30 de enero de 2015

LA CARETA

El señor que vive abajo siempre lleva puesta una careta. No sé si en su casa también la llevará porque solo coincido con él cuando entra en el portal.
Todas las tardes subo con este vecino en el ascensor; él se baja en el quinto y yo en el sexto. Intento no mirarle descaradamente, pero se me hace muy difícil: ¿Por qué llevará siempre esa dichosa careta?
Mi madre, que no sabe muy bien a quién me refiero, me responde que si lleva una careta es porque probablemente haya tenido un accidente que le ha deformado la cara y que por eso la utiliza, para que nadie pueda vérsela. Yo no estoy de acuerdo con ella, pues si fuera su físico lo que le preocupa hubiera elegido una careta más bonita, una sin tantas arrugas y más sonriente.
Mi padre tampoco parece saber de qué le hablo, porque dice que nunca ha visto a nadie con careta en el edificio. Él opina que algo malo habrá hecho ese hombre para tener que ocultar su rostro. Dice que probablemente haya cometido un delito en el pasado:
Quizá sea un asesino que ha escapado de la cárcel y la utiliza para que la policía no le reconozca, así que es mejor que mantengas las distancias —me dice algunas veces.
Está claro que mi padre no ha coincidido con él porque si así fuera se daría cuenta de que no parece una mala persona. Cuando nos cruzamos me saluda amablemente, a veces hasta me pregunta qué tal me va en el colegio. Pero lo que definitivamente le convierte en una buena persona es el hecho de que cuando sale con su perro y llueve, siempre se preocupa por taparle con el paraguas. Ningún asesino protegería a su perro de la lluvia.
La teoría de mi hermana es la que más me ha convencido hasta ahora. Ella opina que nuestro vecino es actor de teatro; allí se disfraza con la careta y cuando regresa a casa se olvida de quitársela. Sin embargo, acabé por descartarla, llevo viendo a mi vecino desde hace años y dudo que alguien pueda tener tan mala cabeza como para olvidarse todos los días de que lleva puesta una careta.
Mi abuela dice que si quiero una respuesta será mejor que haga una pregunta, así que por la tarde, cuando coincidí con mi vecino en el ascensor, tuve la siguiente conversación:
¿Puedo preguntarle algo? —le dije educadamente.
Claro hijo, ¿qué quieres saber? —me respondió.
¿Por qué lleva una careta?
No llevo ninguna careta.
¿Cómo qué no?
Es mi cara.
Entonces, ¿no ha tenido ningún accidente?
No.
¿Tampoco es usted un asesino?
¡Pero qué cosas dices!
Pues entonces viene usted del teatro, ¿verdad?
No. Vengo de la escuela.
¿Como yo?
Sí, pero yo soy el profesor.
¿Y esta seguro que no se pone una careta para ir al cole?
Seguro.
Pero si la lleva puesta, mírese en el espejo y verá.
Dicho lo cual, se miró en el espejo: se tocó las profundas arrugas de la careta, se tocó la boca inexpresiva de la careta, se tocó la frente gris de la careta y, volviéndose hacia mí, me gritó:
¡Que careta ni que careta! ¡Esta es mi cara!
Fue justo en ese momento cuando vi que la careta se había movido: había arqueado las cejas como si frunciera el ceño, adoptando una expresión que nunca antes había visto. Ni siquiera tuve tiempo de explicárselo, pero caí en la cuenta de que me había equivocado: no todo el mundo que saluda en el ascensor y protege a su perro de la lluvia tiene por qué ser una buena persona.
Foto: Abisálex

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