El señor que vive
abajo siempre lleva puesta una careta. No sé si en su casa también
la llevará porque solo coincido con él cuando entra en el portal.
Todas las tardes
subo con este vecino en el ascensor; él se baja en el quinto y yo en
el sexto. Intento no mirarle descaradamente, pero se me hace muy
difícil: ¿Por qué llevará siempre esa dichosa careta?
Mi madre, que no
sabe muy bien a quién me refiero, me responde que si lleva una
careta es porque probablemente haya tenido un accidente que le ha
deformado la cara y que por eso la utiliza, para que nadie pueda
vérsela. Yo no estoy de acuerdo con ella, pues si fuera su físico
lo que le preocupa hubiera elegido una careta más bonita, una sin
tantas arrugas y más sonriente.
Mi padre tampoco
parece saber de qué le hablo, porque dice que nunca ha visto a nadie
con careta en el edificio. Él opina que algo malo habrá hecho ese
hombre para tener que ocultar su rostro.
Dice
que probablemente haya cometido un delito en el pasado:
—Quizá sea un
asesino que ha escapado de la cárcel y la utiliza para que la
policía no le reconozca, así que es mejor que mantengas las
distancias
—me
dice algunas veces.
Está claro que mi
padre no ha coincidido con él porque si así fuera se daría cuenta
de que no parece una mala persona. Cuando nos cruzamos me saluda
amablemente, a veces hasta me pregunta qué tal me va en el colegio.
Pero lo que definitivamente le convierte en una buena persona es el
hecho de que cuando sale con su perro y llueve, siempre se preocupa
por taparle con el paraguas. Ningún asesino protegería a su perro
de la lluvia.
La teoría de mi
hermana es la que más me ha convencido hasta ahora.
Ella
opina que nuestro vecino es actor de teatro; allí se disfraza con la
careta y cuando regresa a casa se olvida de quitársela. Sin embargo,
acabé por descartarla, llevo viendo a mi vecino desde hace años y
dudo que alguien pueda tener tan mala cabeza como para olvidarse
todos los días de que lleva puesta una careta.
Mi abuela dice que
si quiero una respuesta será mejor que haga una pregunta, así que
por la tarde, cuando coincidí con mi vecino en el ascensor, tuve la
siguiente conversación:
—¿Puedo
preguntarle algo? —le dije educadamente.
—Claro hijo, ¿qué
quieres saber? —me respondió.
—¿Por qué lleva
una careta?
—No llevo ninguna
careta.
—¿Cómo qué no?
—Es mi cara.
—Entonces, ¿no ha
tenido ningún accidente?
—No.
—¿Tampoco es
usted un asesino?
—¡Pero qué cosas
dices!
—Pues entonces
viene usted del teatro, ¿verdad?
—No. Vengo de la
escuela.
—¿Como yo?
—Sí, pero yo soy
el profesor.
—¿Y esta seguro
que no se pone una careta para ir al cole?
—Seguro.
—Pero si la lleva
puesta, mírese en el espejo y verá.
Dicho lo cual, se
miró en el espejo: se tocó las profundas arrugas de la careta, se
tocó la boca inexpresiva de la careta, se tocó la frente gris de la
careta y, volviéndose hacia mí, me gritó:
—¡Que careta ni
que careta! ¡Esta es mi cara!
Fue
justo en ese momento cuando vi que la careta se había movido: había
arqueado las cejas como si frunciera el ceño, adoptando una
expresión que nunca antes había visto. Ni siquiera tuve tiempo de
explicárselo, pero caí en la cuenta de que me había equivocado: no
todo el mundo que saluda en el ascensor y protege a su perro de la
lluvia tiene por qué ser una buena persona.
| Foto: Abisálex |