Había una vez una
cometa que tenía un carácter complicado. Cada vez que desde el
cielo veía a alguien en la playa que no le caía bien, se arrojaba
en picado para golpearle con una de sus puntas. A veces el golpe era
tan fuerte que a más de uno lo dejaba tumbado en el suelo. Como era
cometa de pocos amigos había acabado ya con medio pueblo.
—Cometa, no cometa más atrocidades —le decía la gente.
Pero antes de que pudieran terminar la frase, estaban tirados sobre la arena con un golpe en la cabeza.
El viento, testigo de sus maldades desde hacía tiempo, se cansó de ella y comenzó a soplar tan fuerte que la mandó lejos, muy, muy lejos. Primero a Kazajstán, después a Mongolia, luego a Nueva Zelanda y, finalmente, a Costa Rica. Desde allí continuó avanzando hasta dar una vuelta completa al mundo. Cuando regresó, algo en ella había cambiado: tenía una expresión de curiosidad en el rostro y una sonrisa en la boca. Se la veía más simpática, y lo cierto es que no volvió a hacer daño a nadie.
Quizá lo único que necesitara fuese un cambio de aires.
| Foto: Abisálex. |